miércoles, 8 de enero de 2014

Verso 8º - ¿Segunda prueba?

El viaje hasta la casa que usaba la manada como refugio fue algo tenso. En el mismo coche viajábamos Irina y yo, además de Rodrick que conducía. Por detrás, Paul nos seguía en su coche, y Jazmin en una moto de cross que le iba que ni pintada. 

Irina no me tragaba. Yo a ella, tampoco, aunque eso no podía demostrarlo. Y las pullitas durante el trayecto fueron como balas perdidas en un campo de tiro estadounidense: muchas e innecesarias. Entrar al trapo era demasiado fácil, además de que corría peligro de descubrirme sola; así que en lugar de ese, simplemente la ignoré. Creo que aquello la cabreó todavía más. 

Al cabo de un rato, sin darnos ni cuenta, Rodrick conducía por el arcén contrario, y poco faltó para comernos a un camión que venía en dirección contraria a la nuestra. Ambos vehículos acabaron en la cuneta, volcados y bastante siniestros. Como era de esperar, todos nosotros estábamos bien, aunque jamás sabré qué fue del conductor del camión. Más tarde todos nos enteraríamos de que en realidad Rodrick no sabía manejar bien el coche, y por eso acabamos así. 

Aquello fue la gota que calmó para Irina. Su paciencia se resquebrajó, bastante ajada desde que entrara yo en el grupo, y sin decir palabra, se abalanzó por mi espalda como un león hambriento se lanza a su joven presa. Sin darme ni cuenta, la tenía agarrada a la espalda, intentado derribarme, para hacer Caín sabe qué. Pero ambas sabíamos que nuestro duelo no iba a ser físico, no era nuestro fuerte. Magia Koldúnica contra Magia Taumatúrgica. Rodrick andaba intentado saber qué había sido del cuerpo del camionero. Jasmin y Paul no había llegado todavía al lugar del desastre. Teníamos tiempo. Sabía que no debía mostrar mis armas tan rápido. Pero en esos momentos sólo pensaba que acabar con esa tía. Además, no estaría de más hacer un aviso de lo que era capaz de hacer, por muy asustadiza e ingenua fuera como pobre vampirita mimada de la camarilla. 

Con un simple hechizo de inmovilización, conseguí dejar a Irina clavada al suelo, para evitar que usara cualquier tipo de ataque físico. No sabía qué haría ella, así que en vez de ponerme a esperar su ataque, me posicioné tras ella, con la intención de evitar el contacto visual, y comencé a preparar el próximo ataque con el que intentaría corroerle la piel.

Pero de repente empecé a notar un dolor terrible en el pecho. Algo se estaba rasgando en mi interior, y yo era incapaz de detenerlo. Era como si alguien se hubiera ubicado entre mis pulmones y quisiera salir de allí dentro rajando con un cuchillo oxidado mi pecho de arriba abajo. 

Como bien pude, terminé mi hechizo, y eso me dio una pequeña tregua: mientras Irina se debatía por evitar mi doloroso contacto corrosivo, yo hacía lo posible por despejar mi mente del dolor. Tenía que volver a desestabilizarla mentalmente. Me posicioné ante ella, y usando una disciplina aprendida en durante mis años en Londres, hice que mi lengua se multiplicara y cortara su cara como cuchillas afiladas (estos setitas, no saben qué inventar...). La tenía casi derrotada, cuando de repente sacó un sable de algún sitio, para sin esperar un segundo, hundirlo en mi vientre sin pensar. Físicamente estábamos casi acabadas, sólo podíamos usar la poca lucidez mental que nos quedaba. Y aquí anduve yo más rápida: se me ocurrió usar nuestra senda básica, y hacer que la sangre de su cuerpo empezara a emerger de su cuerpo, como si se tratara de mi amada Fontana di Trevi, aunque algo más tétrica. Aquello la dejó completamente desarmada... El combate estaba ganado, quería desecarla, dejarla como una hojarasca vana y sin vida. Pero algo interrumpió mi concentración mental: Paul. 

Había llegado con Jazmin y Rodrick, que parecía haber dado por imposible rescatar al caminero. No recuerdo qué se dijo entonces, quién habló, qué decisiones se tomaron. Sólo recuerdo a Jazmin soltando improperios a diestro y siniestro, a Rodrick intentando alzar lo poco que quedaba del cuerpo medio muerto de Irina, y a Paul cerca de mí. Mientras me debatía entre la idea de dejarme ir completamente, el contacto con el cuerpo de aquel frío vampiro al alzarme en brazos del suelo fue el último recuerdo que quedó grabado en mi mente casi inconsciente.

martes, 1 de octubre de 2013

Verso 7º - Primera Prueba

La semana ha sido cuanto menos curiosa... No iban a ponerme fácil el poder acompañarlos en su día a día. Primero querían comprobar que mi vena “camarilla” no siguiera viva, y así poder ponerme asegurarse de que de verdad quería volverme a su lado oscuro. Obviamente, no iba a valer con un test de preguntas que responder, querían hechos, y por supuesto que los tuvieron. 

Tras un corto viaje hasta un pequeño pueblo cerca del lugar donde se asentaba la manada, Paul puso las normas del examen: tenía que demostrar toda mi sangre fría. Cuanto más me lo currara, mejor sería la recompensa. No especificó ni el cómo ni hacia quién, así que me metí en mi papel de rata de biblioteca asustada, renegada de la camarilla, y olvidé mi larga trayectoria de asesina. Debía parecer torpe, nueva, ingenua, pero al mismo tiempo, no amilanarme y sentir que de verdad buscaba esa ansiada venganza por mi sire... Me acompañaron Rodrick y Jazmín para dar fe de lo que hacía, así que no valdría con hacer el paripé. 

Decidí no quebrarme la cabeza así que me decanté por un niño. Mataba dos pájaros de un tiro: sería una presa fácil, pero al mismo tiempo sería algo cruel (siempre parece más siniestro matar a un niño que a un adulto, ¿verdad?). Antes de ponerme manos a la obra, me hice con el cadáver de un gato que algún coche había atropellado y lo guardé en la mochila de tela que llevaba a la espalda. Acto seguido, busqué una casa a la que no fuera muy complicado acceder y que tuviera pinta de ser casa familiar, forcé la cerradura de la puerta trasera con cierta destreza, y subí al piso de arriba. Encontré al matrimonio en la habitación principal, el marido roncaba como un gorrino, así que tenía la facilidad de que no tendría por qué ser 100% silenciosa. En la habitación de al lado, un niño de unos 5 años dormía plácidamente en una camita en forma de coche. ¿Qué entrañable, verdad? 

Aquello tenía que ser cruel pero no imbécil. Quería ser del Sabbat, y ellos no son sutiles precisamente (esta manada en concreto), pero tampoco son tan simples de descubrirse con un asesinato mal llevado a cabo. 

Me acerqué sigilosamente al crío, y con una daga bien afilada, le rebané el cuello de oreja a oreja. Pero aquello no era nada especial, por lo que saqué el cuerpo sin vida del gato callejero, le corté con gran facilidad la cabeza, y en el precioso boquete que había realizado en la garganta del niño, introduje la cabecita del animal. Aquella estampa sería digna de recordar para la posteridad. Era algo innecesariamente cruel hasta para mí, pero debía ser perpetrado por alguien inexperto. ¿Colaría? La cara de Jazmín y Rodrick al ver aquello era todo un espectáculo. Estoy segura de que no se esperaban algo así... Eso estaba bien. 

Al salir, algo había cambiado en el pasillo... ¡Los ronquidos! Habían dejado de resonar por toda la casa, lo que sólo podía significar que el padre se había despertado. Jazmín, Rodrick y yo nos dispersamos por la casa para localizarlo. Al final, entre los dos Sabbat abatieron al padre en la cocina de la casa como un, a la cual había bajado para buscar algo de agua con un rápido y silencioso tiro. Creo que Rodrick quería hacer algo con el cuerpo del gordo seboso, pero no había tiempo. Me caía bien aquel tío. Jazmín, sin en cambio, no paró de soltar improperios durante toda la noche, me empezaba a dar cuenta de lo mal que hablaba aquella señorita...

¿Qué diría la madre cuando se enterara de todo lo que había pasado aquella noche? Los periódicos informarían de aquello al día siguiente, ya veríamos más tarde las noticias. 

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Paul quedó aparentemente satisfecho, aunque no sería algo que reconocería delante de nadie. Como era de esperar, la actuación fue excesivamente cruel, pero ellos pidieron sangre fría, y allí la tenían. Pero la noche no había hecho nada más que empezar para Judith... Irina iba a dar más problemas de los esperados, y aquella noche no sería más que un adelanto de lo que tenía preparado para mí...

lunes, 9 de septiembre de 2013

Verso 6º - (...)

      Aún con las manos abrasadas, esgrimo no sin esfuerzo el teclado táctil de mi I-Pad, y me dispongo a contar mi nueva hazaña.

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      Ayer, justo al atardecer, cuando salir a la calle aún era doloroso, desperté como pude para comenzar mi preparación. Prendí una pequeña fogata en la chimenea sin estrenar de mi pequeño  piso, y la dejé crepitar un rato. Recordé con nostalgia cuando disfrutaba del crepitar de las llamas, junto a mi madre... Pero no era momento de ponerse nostálgica.
     Mientras que el fuego se consumía un poco, y el hierro en forma de cruz invertida del Sabbat se calentaba entre las llamas, cogí el corset más viejo que tenía y con ayuda de unas tijeras desgarré de manera estudiada el cuero, con intención de que parecieran rotos casuales, pero con el cuidado de que se mantuviera en su sitio, sin que se viera nada. Lo mismo hice con mis pantalones de cuero.
      Cuando el fuego ya se había reducido a brasas, agarré un trozo del cuero cortado de los pantalones, lo enrollé y lo agarré con los dietes. Aquello iba a doler... Sin pensarlo, metí los pies descalzos en las brasas, pisándolas con fuerza. El dolor fue terrible. Contuve los gritos, apretando con fuerza el rollo de cuero, pero aquello era una tortura... No sé si llegué a perder la consciencia, pero si no fue así, poco me faltó. Antes de que me diera tiempo a pensar nada, agarré el hierro incandescente de la cruz y lo apreté contra mi vientre. En esa ocasión, ni el cuero más duro habría refrenado el grito que surgió de mi interior. Aquella marca me duraría eternamente, pero el pago merecía la pena.
     Por último, anestesiada ya por el dolor de las quemaduras, introduje las manos, agarré las brasas más grandes que encontré, y las apreté con fuerza. No sé no cómo aguanté aquello, pero resistí al frenesí. Como bien pude, me levanté del suelo en el que yacía medio inconsciente, me colgué a la espalda la mochila que previamente había preparado con algunas de mis cosas, y con la ropa hecha harapos, las manos y los pies desnudos abrasados, y una horrible cicatriz en carne viva en mi plano vientre, me dirigí a la ermita de Santa Gemma.                     
      Christoph ya había dispuesto a mi petición un discreto coche negro, con las lunas tintadas, que me acercarían en dicho estado a unos metros de la ermita. El resto lo haría andando. Cuando llegamos, el chófer me miró por primera vez en todo el camino. Su cara de estupor pudo darme a entender las pintas que tendría que llevar...
        Anduve un buen tramo de carretera descalza, explotando al andar las ampollas que habían surgido en mis pies. El dolor era insoportable, pero en parte me venía bien, ya que conseguía que olvidara lo mucho que me dolía el resto del cuerpo. Deambulé como un zombi de película de serie B, hasta que a lo lejos pude ver la ermita, mi destino.
        Me acerqué a la puerta de la ermita, la cual estaba descolgada de los postigos, y allí estaban ellos... Danzaban alrededor de un pira ardiendo, mientras que la kóldun recitaba unas palabras que no logré entender.
        Decidí esconderme en unos arbustos cercanos. Por un momento, barajé la posibilidad de abandonar,  salir corriendo de allí, volver a emigrar a otra ciudad, y olvidarlo todo. Las heridas cada vez bramaban más. Estaba muy saciada de sangre, por lo que con esfuerzo, pude mantener a la bestia al margen. En ese momento era demasiado vulnerable, podrían acabar conmigo en cualquier momento y sin mucho esfuerzo. Pero aguanté.
       Dejé de oir barullo dentro de la ermita, para al momento comencé escucharlo mucho más cerca de mi escondite. Escuchaba sus voces, no sabía distinguirlas, pero sí lo que decían. Quise salir de los arbustos, pero me dolía todo. Necesitaba sanar las heridas que me había autoinfringido, sobre todo la del vientre, cada vez tenía peor aspecto. No podía pensar con claridad, así que antes de que pudiera tomar ninguna decisión noté una presencia muy cerca de mí. Pude identificar al hombre al darme la vuelta como Paul. No era mentira lo que se me había informado, era un vampiro muy atractivo, pero su rostro mostraba una expresión demasiado bella para no ser terrorífica. Era casi macabro, tétrico, demasiado hermoso para ser real.
- Vaya, vaya, mirad qué tenemos aquí... Una ratita malherida.-
- Por favor, ayúdame... – Mi voz sonó demasiado quebrada, rota y suplicante para mi gusto, pero el dolor era insufrible.
- ¿Ayudarte? ¿Por qué debería ayudarte? Me resultaría mucho más fácil acabar contigo. Sería una noche redonda.
- Por favor... quiero ayudaros. Quiero ser uno de los vuestros.
        En ese momento, noté a otro vampiro cerca. Esta vez, era Irina. Se había colocado justo encima de mí, con la máxima tranquilidad, casi autosuficiencia.
- Tranquila, Irina. – Su voz sonó potente, autoritaria. – Quiero escuchar lo que dice. La noche es joven, hay tiempo de sobra para matarla.
       Me dejaron narrar mi falsa historia, y por increíble que parezca, parece ser que la han creído. Les ofrecí acabar con Angelique gracias a las muchas cosas que sabía sobre ella, a cambio de que ellos me dejaran entrar en su manada. Era beneficio para todos: ellos acabarían con la príncipe de una ciudad,  oferta muy jugosa para una manada del Sabbat, y yo vengaba mi castigo injustificado. Además, tenía lógica que una vampira resentida quisiera salir de la camarilla, la cual la había tratado siempre mal, y entrar al Sabbat, para vengar así su tortura personal.

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    Y ahora estoy viva, que no es poco. No todos están de acuerdo con ello, sobre todo Irina que aprovechará cualquier momento para fulminarme, pero he llegado más lejos que lo que yo misma podría haber pensado. Estoy a prueba; Rodrick está sanando mis quemaduras gracias a sus conocimientos de vicisitud; con Jasmín la relación va viento en popa, y a cada rato mejor. Cariñosamente me ha apodado como “putilla”, me ha dejado ropa y hasta me deja dormir con ella. Hemos empezado muy bien. La relación con Paul... Bueno, es complicada, ni él termina de comprender por qué no me ha matado ya. Dice que esta noche tiene preparada una sorpresa...

viernes, 6 de septiembre de 2013

Verso 5º - La cita concertada.

            Una vez supe dónde celebraría el próximo ritual de vinculación del grupo, comencé a organizarlo todo. Gracias a mis contactos, que me mantienen informada de la situación de la manada, sé el momento y el lugar. 


            Mañana, viernes, 3 de Abril, la pequeña ermita de Santa Gemma será objetivo de sus fechorías, y el pequeño cubículo santo propio de un pequeño pueblo, quedará reducido a polvo. Cuando todo acabe... allí estaré yo, lista a lo que surja. Dispuesta a ser Judith, tremere desvalida, y ex-miembro resentido de la camarilla con ganas de sangre. 

miércoles, 28 de agosto de 2013

Verso 4º - Conociendo al enemigo.

Esto va a ser más complicado de lo que parecía en un principio. Ya me ha sido proporcionada toda la información necesaria sobre el grupo en el que debo infiltrarme. Se trata de una manda del Sabbat bastante veterana, compuesta por 4 vampiros, dos de ellos potencialmente peligrosos y con habilidades muy reseñables.


* Paul (Ventrue) - Sacerdote de la Manada: Se trata de un miembro que, a simple vista, destaca por su atractivo físico. Usa si encanto personal (aunque más bien podría decirse que es encanto sexual) para doblegar a sus víctimas, o engatusarlas para beneficio propio, según le convenga.  La presencia es su fuerte, aunque no se ha de infravalorar su destreza con la espada. Posee un gran poder de celeridad, lo que lo hace también letal en el combate cuerpo a cuerpo. Su vida es una incógnita que aún no he conseguido averiguar, por lo que habrá que tener un especial cuidado con él.




* Irina (Tzimisce) – 2ª al mando: Es una gran dómina de la Magia Koldúnica. Dicha magia se escapa de mis conocimientos taumatúrgicos, pero sí puedo deducir que maneja los 4 elementos. No obstante, también es muy diestra, como todo tzimisce, con la vicisitud. No me han llegado datos sobre su manejo con armas, pero sí que reniega de las nuevas tecnologías armamentísticas. Es un pilar del grupo a tener muy en cuenta por su aversión casi psicótica hacia mi clan, los tremere. 







* Jasmín (Lasombra): Según se me ha informado, siente especial atracción por el sexo femenino. Vulgar, pero muy ágil a la hora de la dominación. Será de las primeras a las que habrá que caer bien, pues con dicho poder podría echar todo a perder. La obtenebración también es otro de sus poderes más importantes, siendo letal en el combate.








* Rodrick (Tzmisce): Otro dragón al que habrá que convencer. Es mucho más abierto que Irina, y bastante más pausado.   Cortés, diestro con el modelado de carne y le gusta adquirir su forma zulo bastante a menudo. Se defiende con el sable. (SIN FOTOGRAFÍA DE ARCHIVO)
            

Se trata de un grupo muy variopinto, digno de estudio. Se les ve unidos y cada X tiempo, sellan su pacto con un ritual muy curioso, más propio de los salvajes satánicos, que de un grupo vampírico.

RITUAL
            Cada cambio de luna, cuando el cielo se encuentra totalmente oscuro debido a la ausencia de luz de luna, el grupo asalta una iglesia o ermita al azar. Todos ellos van arrasando lo que pillan a su paso, sea mueble o ser humano. Cuando la iglesia está libre de curiosos, apilan un montón de madera, con lo que se da lugar a una gran pira, colocándose todos los miembros del grupo a su alrededor. Tras verter unas gotas de sangre en un gran caliz, todos ellos beben la mezcla sangrienta, quedando así vinculados permanentemente entre ellos. Cuando el ritual finaliza, la tzimisce kóldun carboniza la iglesia, reduciéndola a cenizas.

            Tras mucho meditar, creo que ese será el mejor momento para intentar acceder al grupo. Estarán de buen humor tras su gratificante masacre, en grupo y ebrios de salvajismo. No sé qué es más probable: que me acepten o que me reduzcan a cenizas a mí también. Pero ¿qué importa eso? El cliente ha hablado, y yo he accedido.


miércoles, 14 de agosto de 2013

Verso 3º - La no historia de mi vida.


      Para mi nueva misión tengo que crear una vida totalmente diferente a la mía. Una treta que haga que mis “compañeros", la que debería ser mi futura manada, confíen en mí, no sospechen de esta traición y se sientan cómodos y ligados a mí. No ha sido fácil, y menos siendo una tremere que quiere ingresar en una manada Sabbat. Pero de la noche de ayer fue larga y dio para crear un argumento bastante creíble. Espero que funcione. He mantenido toda mi vida intacta, hasta el momento en el Paolo salió de ella. Allá va la no historia de mi vida:
      “De una familia simple, sencilla y normal, sufrí las injusticias del amor. Por culpa de un desalmado, que me amó de mentira, quise quitarme de en medio. Quise suicidarme y acabar con todo. Pero Stephan acechaba en las sobras, y tras vigilarme durante años, consiguió llegar a tiempo para quitar de mi muñeca aquella daga de fino acerco que había cogido a mi padre. Me convirtió y me enseñó todo lo que pudo, pero entonces alguien dio un chivatazo de lo que éramos.
      Nos apresaron y nos llevaron antes las autoridades locales de Roma. Éramos demonios de la noche, brujos malditos que tenían que ser purificados, y para eso no hay mejor medicina que el fuego. Nos ataron a dos postes de la plaza mayor, y con Paolo aclamando mi muerte, mi vida cambió completamente. Hasta entonces había vivido con Stephan alejada de líos de la sociedad vampírica. Pero gracias a él, y con la consecuencia de su sacrificio, pude huir de aquel infierno de madera y llamas. Vengué su muerte, maté a Paolo con mis propias manos, a su morena española y al retoño que había nacido de aquella relación.
      Después, huí a Hungría, donde Stephan me dijo que encontraría asilo. Me habló de Angelique, la príncipe de una ciudad, y conocida suya. Me acogería con gusto, dadas mis aptitudes mentales. Así que sin pensarlo dos veces, me refugié bajo los brazos de la Camarilla y Angelique.
      Pero conforme mis ansias de poder crecían, más me cortaba las alas aquella rubia oxigenada. Coartaba mi libertad, me encerraba en numerosas ocasiones, y me enviaba a las misiones más arriesgadas con la intención de acabar conmigo, pero sin mancharse las manos. Veía peligrar su puesto. Veía crecer a una chiquilla ingenua, que poco a poco le iba comiendo el terreno. Pero yo era más inteligente que ella, y andaba con pies de plomo. No cometía errores para no justificar un ataque por su parte, obedecía en todo momento, no le negaba nada.
      Crecí como persona a la sombra de una celosa vampira que quería verme muerta, pero no encontraba razón para ello. Si algo bueno saqué de la Camarilla, es que matar por matar a otro de nuestra especie, está prohibido y castigado severamente. Aquello me salvó en  numerosas ocasiones, y aún hoy por hoy me mantiene viva.
      Pero un día pisé en falso, sin intención de ello. Angelique me mandó a rescatar a unos cuantos súbditos suyos que habían caído en las fauces de la Inquisición. Un rebaño poco adiestrado que no había sabido sortear las trampas del enemigo, y que para variar, nosotros teníamos que rescatar. No tenían importancia alguna, no eran más que humanos de los que nos gustaba alimentarnos, pero sabían demasiado y no podíamos tolerar que se fueran de la lengua.
      La batalla fue atroz. Íbamos muchos de nuestra especie y varios humanos, pero la Inquisición esperaba aquel rescate y estaba preparado. No pudimos salvar a ningún miembro del rebaño, ya que los propios salvadores fuimos cayendo uno a uno. Aquello a Angelique le importaba poco. Había mandado a humanos poco valiosos a la misión y a vampiros prescindibles. Lo único que le importaba es que con la muerte de aquel rebaño había muerto el peligro a ser descubierta. Por supuesto, la posibilidad de verme muerta no sólo no le satisfacía, sino que además le era bastante necesaria.
      Sólo sobrevivimos unos pocos, todos vampiros. Pero nuestras heridas eran numerosas y bastante graves. Yo, en particular, había perdido mucha sangre. La bestia que mora en mi interior amenazaba con salir en cualquier momento, y con ella mi muerte. Al llegar a la mansión de Angelique, cometí el peor de los errores que he cometido en mi vida: bebí la dulce sangre de Gabriel. Gabriel era uno de los miembros del selecto rebaño de la príncipe. Tan selecto, que sólo contaba con él y dos más, Rafael y Miguel (los nombres corrían de parte de Angelique, muy sarcástica siempre). Pero, sobre todos los demás, Gabriel era su preferido. Sólo ella, y NADIE más podía beber de él bajo ningún concepto. Era única y exclusivamente para ella. Caprichos del poder.
      Pero mi desesperación por la sangre me llevó a errar en mi conducta. Cuando entré, y lo encontré al pie de las escaleras de mármol y madera de roble, sólo pensaba en el flujo de su sangre recorriendo su cuerpo. Al verme llegar tan herida, Gabriel se acercó a mí y me tendió la muñeca. Él también sabía que nadie podía beber su sangre, pero creo que la compasión nubló su mente, igual que la sangre nubló la mía cuando clavé mis colmillos en su vena. Su sangre era deliciosa; sabía a frutas dulces pero con un toque ácido y fresco. Ahí entendí por qué sólo ella podía probar su sangre, porque era una sangre magnifica. Seguí bebiendo hasta que algo golpeó mi cabeza. Era la mano de Angelique. Había bajado las escaleras al enterarse de que habíamos vuelto de la misión, y el panorama que se encontró la enfureció. Había cometido ese error que ella esperaba con tantas ansias para justificar su comportamiento posterior, había pisado suelo cenagoso y no había nadie con una cuerda que pudiera sacarme de allí.
       Aguanté insultos, maltratos, vejaciones y demás agravios de Angelique, sabiendo que no podía revelarme contra ella. Aun siendo más inteligente o más astuta, ella seguía siendo superior a mí en muchos aspectos. No quiso matarme. Dijo que prefería verme sufrir, y disfrutar con ello. Me torturó hasta que se cansó, y me desterró de su mansión y la camarilla. Me repudió como pupila, y manchó mi nombre con sus hilos de poder.

      Quemó mis manos y mis pies con hierros ardiendo, me quitó la ropa, dejándome únicamente una porción de lo que habían sido mis pantalones de cuero y el corsé de varillas de acero. Para finalizar la jugada, calentó en el fuego un hierro con el símbolo del Sabbat, la cruz invertida de la secta, y la clavó al rojo vivo en mi vientre. Aquello haría que la mayoría de los Vampiros me detestaran, y no pudiera volver a la protección de la Mascarada. Los más de 100 años a su servicio se convirtieron en un borrón de mi vida, más oscuro que la tinta china.
      Malherida, casi muerta, con las manos llenas de ampollas y llagas, semidesnuda y con una marca al rojo vivo en el vientre, buscaré refugio en aquel que me lo conceda, sin importar condición... Lo que sí tengo claro, es que Angelique pagará caro esto, y al igual que vengué la muerte de Stephan, vengaré mi tortura, aunque sea lo último que haga.”

jueves, 18 de julio de 2013

Verso 2º - La Inquisición como "aliada".


      La reunión demasiado extraña. La misión que me ha sido encomendada la considero una de las más difíciles a las que me he enfrentado nunca, voy a poder desempeñar una labor que hasta ahora no había hecho nunca: acercamiento con mis víctimas. Pero sin duda, lo más raro de todo, incluso llegando a ser temible, es quién lo encarga. Al llegar, un simple señor mayor, con el pelo canoso y las arrugas muy marcadas, quizá algo más de 60 años. Como siempre, esperaba a alguien de mi especie. Aunque en la situación actual es bastante abierta, no es muy común que un mortal pida la exterminación de un vampiro abiertamente, y menos que contrate a otro vampiro para ello. Probablemente, moriría en el intento.
      Pero allí estaba él. Christoph, un humano simple, aparentemente débil. ¿Lo que pedía? La exterminación de una manada completa del Sabbat. ¿Y me busca a mí para eso? Al principio no lo he podido creer. Pero era cierto. Tengo que infiltrarme en una manada del Sabbat, hacerme pasar por su nueva compañera, conseguir incluso que me acepten como miembro de ella. Finalmente, tendré que llevarlos a un lugar pactado con Christoph para que los erradiquen, pero ¿cómo? ¿Cómo un simple humano va a poder con una manada Sabbat? La respuesta ha sido muy simple cuando me ha dicho quién era. Un Inquisidor. Esos sucios perros se han extendido en los últimos años como la peste por todos lados. Al caer el velo de la Mascarada, la leyenda del vampiro había caído, y los humanos se está armando hasta los dientes para protegerse de nosotros, y una de sus peores armas es esta estúpida organización dedicada a erradicarnos. Pero por el momento mi vida parecía estar a salvo. Christoph me “necesita” para llevar a cabo su misión personal, y no va a acabar con billete directo a su éxito.

      Pero eso no es todo. Como misión secundaria, propia de un videojuego de RPG, tendré que conseguir, no sólo que me acepten y me dejen acercarme a ellos, sino además convencerlos para que acaben con la Príncipe de nuestra ciudad. Así, mi querido Inquisidor matará a dos pájaros de un tiro (y cuando dijo a dos pájaros, quiero decir a 5: los cuatro de la manada y la Príncipe). Para facilitarme un poco las cosas, Christoph me ha aportado ciertos datos, muy concretos, sobre Angelique (la Príncipe de la ciudad) y así poder crear una historia respecto a eso. Han sido muchos años de interpretación. Con eso, mi mente y un poquito de imaginación, vuelvo a ponerme la máscara de Judith para interpretar mi último papel. Ahora, sólo queda crear el guión de mi vida.

sábado, 13 de julio de 2013

Verso 1º - Comienza el final.


      El nuevo trabajo ya ha llegado. Ayer, un señor con voz áspera llamó a mi teléfono. No sé quién ha podido facilitarle dicha información, pero puedo intuir que es un personaje muy poderoso. No ha querido hablar de la misión por teléfono, así que me he citado con él esta tarde. Echo de menos el poder decir eso de “Quedamos para tomar un café y hablar las cosas”. Echo de menos poder tener una taza de buen café colombiano entre las manos y soplarle para no quemarme la lengua. Ahora, en lugar de eso, entre mis manos no encuentro más que pobres desgraciados que han tenido la mala (o buena) suerte de toparse en mi camino cuando la bestia ha despertado del breve letargo en el que se sume después de saciar su sed.


      No sé quién es aún, tampoco qué quiere exactamente, pero creo que se trata de golpe digno de ser el último.

jueves, 4 de julio de 2013

Reescribamos el cuento.


     Mi futuro es incierto. Siento mi corazón vacío y quiero que vuelva a latir, aunque no sea literalmente. Me siento sola en la vida, con muchos conocidos, pero con ningún amigo real. Con nadie con quien compartir mi larga eternidad. Quiero poder confiar en alguien, aun sabiendo lo que he somos, desobedeciendo a Stephan. Sé que en esta sociedad podrida y llena de mierda aún queda gente a la que un pacto, un vínculo o una simple alianza significan algo. Pero sobre todo, quiero un hijo, quiero desempeñar la labor que a Stephan le arrebataron aquellos hijos de puta en Roma. Un chiquillo que sea el reflejo del padre que asistió a mi renacer como lo que soy hoy. El poema mi vida no está escrito; los versos se sucederán libres, y yo los cantaré para el destino. Llegamos al final de una poesía, en el poemario de mi existencia. Será mi último golpe. Será el final apoteósico que jamás pensé que llegaría; la despedida a la traición, al engaño y el pecado, dentro de un mundo traicionero, engañoso y plagado de los pecados más deplorables. Seré Judith por última vez.
Bienvenida de nuevo, Valeria.

miércoles, 19 de junio de 2013

Nueva vida, nuevos sueños.

Escapé a Londres. Allí me formé durante muchos años. Para intentar olvidar a Stephan busqué a varios de mi clan que me ayudaran a formarme. Melissa, una simpática tremere londinense me acogió en su biblioteca. Me enseñó todo lo que ella sabía, todo muy diferente a Stephan. Estuve varios años con ella. Pero en 1954 me despedí de mi querida maestra Melissa. Quería empezar a vivir algo de la vida humana. Me matriculé en varias universidades nocturnas, viajé mucho, aprendí idiomas y me aficioné a eso del arte. Tengo varios título universitarios (no sin esfuerzo), he aprendido mucho en muchos ámbitos, y me considero una persona bastante cultivada. En los años 70 la música empezó a parecer maravillosa. Los movimientos que estaban surgiendo me llamaban la atención. El Rock, y posteriormente el Heavy empezaron a ser una gran pasión para mí. Su música, sus letras... Me llenaban mucho. En ese aspecto, me sentía muy "humana". Vivía alejada de las trifulcas vampíricas. Mantenía la Mascarada, pero porque me convenía. Sabbat, Camarilla, Independientes, Anarquistas... Todo me daba igual. Vivía con el dinero que me había dejado Stephan, que no era poco. Pero quería empezar a vivir por mi cuenta. Desde que pasó todo aquello en Roma mi corazón muerto se había hecho de piedra. Sólo conseguí coger algo de cariño a Melissa, pero a nadie más. Todos los vampiros me daban igual, los humanos no eran más que mi alimento, pero intentaba disfrutar con ellos. Me gustaba caer bien, así tenía amigos por todos sitios, pero todo quedaba en algo superficial.
      Para conseguir dinero empecé a hacer trabajillos sucios. Hacía pocos meses, allá por el año 1983, un humano clavadito a Paolo apareció en mis oscuras noches. No sabía decir por qué, pero sin pensarlo me lancé a él con el único propósito de despedazarlo. Y sólo porque se parecía a Paolo... Y aquella sensación me gustó. Me gustó matar porque sí. Empecé a buscar a gente que requiriera de los servicios de algo parecido a un “mercenario”. Usaba mis armas de mujer para que todo fuera más sencillo, y cuando los tenía engatusados, llevaba a cabo la misión.
      Cada vez que terminaba una misión, cambiaba mi apariencia un poco, mi nombre y mi ciudad. Tengo la pequeña manía de alternar tres nombres: Julia, Juno y Judit, siendo ahora Judith. He vivido en mil ciudades, he matado a todo tipo de seres, y realizado misiones de todo tipo. Creerme que casi 50 años de mente fría dan para ver de todo. Mis métodos son rápidos, eficaces, no me gusta relacionarme con mis víctimas más allá de lo necesario. He visto morir a todos mis seres queridos. He experimentado el dolor de la muerte muy de cerca, y ahora estoy sola. Quise volver con Melissa un tiempo, pero el Sabbat se ha desatado como una fuerza muy pesada y en Londres especialmente la ha tomado con los vampiros más conservadores. Ya no somos una leyenda. Estamos vivos para los humanos. Somos la leyenda viva, el cuento real. Y quiero aprovechar eso. 

miércoles, 12 de junio de 2013

El fuego que no purificó.


   Cuando volví a ver algo, estaba atada a un poste de madera, en medio de un montículo de paja y ramaje en la plaza mayor. A mi lado estaba Stephan, algo demacrado. Me señaló como pudo al espejo, y en mi mente escuché su voz que me dijo que si la cosa se ponía fea, huyera con él, sin mirar atrás. Cuando terminó de hablarme, lo vi. Allí estaba Paolo, en medio del gentío que pedía nuestra muerte. “Demonios, malditos, a la hoguera”. Esos gritos se repetían por doquier. Le supliqué ayuda con los ojos, pero su respuesta fue pedir mi muerte. Gritó más fuerte que nadie, me miró con asco, con odio, con repugnancia, y gritó el deseo de mi muerte. Fue el mismo el que prendió la pira de Stephan y la mía propia. Cuando el calor empezó a llegarme, no pude esperar más. Quería salvar a Stephan, pero no podía. Oía sus gritos de desesperación. Era horrible. Desaparecí. La gente se quedó muda, sólo oía a Stephan, a mi padre... No sabía qué sentía, pero noté que estaba libre, que podía salir de allí. Antes de alejarme más, volví a escuchar a Stephan:
      “No confíes en nadie, Valeria. Véngame, y sigue con tu no vida. Disfruta lo que te he regalado, y no te olvides jamás de mí.” Su voz sonaba rota... Y jamás lo olvidé.
      Esa noche me presenté en la casa de Paolo. Despedacé el cuerpo del gordito bebé que habían tenido juntos delante de ellos, lo dejé seco. Até a Paolo o lo obligué a ver cómo despedazaba a su amada. “Esto es por Stephan, Paolo”. Al escuchar eso, abrió los ojos como platos, y no pude evitarlo más... Le clavé aquella daga con la que pretendía suicidarme hacía dos años, y la cual había recuperado gracias a Stephan. Se la hundí hasta el puño, y la giré dentro de su estómago. No gritó, sólo me miró suplicando por su vida, igual que había hecho yo hacía unas horas.
      “Tú has matado a mi razón de vivir, al que me ha regalado lo que tú me quitaste, al que me ofreció la vida que quería vivir. Por ello, has visto cómo mataba a tu hijo, como mataba a tu mujer, y ahora vas a morir tú. Pero aquí no.”
      Estando medio muerto y desangrándose, lo llevé a la plaza del Panteón. Lo tumbé donde me había pedido matrimonio, le arranqué el anillo de compromiso del dedo, se lo puse en el pecho, y justo en el centro del anillo, volví a clavar la daga. Le perforé el pecho con el anillo, y se lo hundí en él. No murió al momento. Lo dejé agonizando en el suelo del aquel significativo lugar y me despedí de él con un: “Hasta que la muerte nos separe.”

miércoles, 5 de junio de 2013

Mi Renacer

      Noté que mi cuerpo perdía fuerza, que mi vida se escapaba de mí. Pero cuando pensaba que estaba ya muerta, una gota de vida empapó mi garganta. Estaba mordiendo la muñeca de ese extraño que hacía llamarse Stephan, estaba bebiendo su sangre, porque la necesitaba. Era un vampiro.
      Los días siguientes fueron muy raros. Al día siguiente de mi conversión, entre dolores y expulsión de residuos mortales, mi pequeño bebé quiso salir... pero muerto. No había aguantado la conversión y el propio Stephan tuvo que extraerlo de mi cuerpo. Cuando lo vi, no sentí pena,  sólo repulsión. Era una parte de Paolo, y no lo quería cerca de mí. Empecé a aprender lo que era, y me gustaba. Podía sentir muchas cosas, pero no pena ni dolor por lo que había pasado. Sed, tenía mucha sed siempre, pero Stephan se encargaba de que no me faltara alimento. Era como un padre para mí. Quería olvidar mi vida como Valeria, así que cambié mi nombre por Julia, y mi nuevo padre sería Stephan (un padre con el que copular de cuando en cuando). Vivimos en Roma, con cuidado de que nadie me viera por allí. Pero justo dos años después de mi conversión, lejos de la vida política, convulsa de Europa, en la propia Roma nació un temor. Estaba empezando a morir personas de manera un poco extraña. Stephan me dijo que habían llegado algunos vampiros poco discretos a la ciudad y que aquello nos traería problemas, teníamos que salir de allí. Dos semanas después, ya teníamos todo pensado y planeado. Íbamos a salir a la noche siguiente, así que tendríamos que ir de cacería esa noche. Me enseñó un pequeño truco taumatúrgico para poder desaparecer si era preciso, y lo preparó para mí. Me dio un trocito de espejo y me dijo que si era necesario, que le diera la vuelta. Desaparecía al momento.
      Habíamos saciado nuestra sed, cuando algo nos atrapó. ¿Qué era? No sabría decirlo. 

lunes, 8 de abril de 2013

Vida antes de la Muerte IV


      Paolo llevaba cogida de la cintura a una preciosa morena de ojos verdes. No sabía quién era, pero por su cariñosa actitud podía suponer de qué significaba para Paolo. No dije nada. Sólo me acerqué a ellos (cuando Paolo me vio la soltó inmediatamente), me puse frente a él y le di un bofetón. ¡Qué teatral! Ahora me acuerdo y me avergüenzo de ello. Tenía que haberle partido la cara directamente a él, y haberle arrancado los pelos a ella.
      Me fui a casa, y lloré mucho. A la noche, Paolo llegó solo a casa. Fue breve: “Lo siento, Val. Me he enamorado de María. La conocí en España al llegar, y no he podido parar esto. Estamos casados, lo hicimos antes de saber que tú estabas embarazada. No sabía cómo decírtelo... Siento todo esto, de verdad. Te pagaré todo lo que has gastado en la boda, y te ayudaré con el niño en todo lo que esté en mi mano”. No respondí, le cerré la puerta. Era un fantasma, un alma perdida. El bebé ya no significaba nada para mí, nada me haría feliz. Necesitaba olvidar todo, y sólo se me ocurrió una cosa.
      Esa misma noche, escribí una nota a mis padres y marché al Panteón de Agripa, donde Paolo  me pidió matrimonio. En la nota se podía leer:
“Papá, mamá, gracias por estos 25 años de vida. Han sido maravillosos, vosotros sois maravillosos. No os culpéis por esto. Lo siento.
Os quiero.
Valeria.”

      Era muy tarde y la plaza estaba completamente vacía. Saqué la pequeña daguita que había encontrado en casa, y justo cuando iba a acabar con mi calvario personal, alguien salió de las sombras de detrás del Panteón. Se acercó muy despacio a mí. No sabía por qué, pero su mirada me tenía atrapada, no podía correr, hablar... nada. Era un hombre de edad adulta, pero era bellísimo. Tenía unas facciones muy marcadas, con una barba de no más de tres días, con el pelo negro, despeinado, pero perfecto. Era bellísimo, a su manera; la oscuridad que emanaba de su rostro, sus ojos negros, profundos como pozos, y esa mirada penetrante... Hizo que todo mi ser se estremeciera en una mezcla de miedo y deseo. Me cogió la mano en la que sostenía la gada, la quitó de ella, la tiró y me agarró la otra mano. Sacó el anillo de Paolo, y lo tiró también. “Nada de esto te va a hacer falta, Valeria. Tienes mucho potencial que no dejaré pasar. Idiomas, números, arte... ¿Qué persona desaprovecharía algo así? Ahora serás mía, y Paolo será nada para ti.” No entendí nada, pero su voz me incitaba  a seguirlo, a hacer todo lo que me pidiera.
      Se presentó como Stephan. Me llevó a su casa, me sirvió un muy buen vino, y me dijo que no quería hacer esto de malas maneras. ¿Qué era esto? ¿Qué quería hacer? Hablamos durante un buen rato. Me dijo que me conocía más de lo que pensaba, que había seguido mis pasos desde que me vio pintar con mi madre en la plaza del coliseo. Sabía mis conocimientos, sabía lo que me había pasado con Paolo... Sin conocerlo de nada, él me conocía  a mí al 100%. Me dijo que dormiría esa noche con él, en su casa, y que disfrutaría de mi última noche. ¿Iba a matarme? ... No sabía nada. Pero ¡no podía correr! Quería quedarme allí... Todo me daba igual. Sólo quería que todo acabara.
      Cuando me acompañó al cuarto, me dijo que me desnudara y me tumbara en la cama. Eso no quería hacerlo, pero su voz me obligó a ello. Lo hice. Casi sin darme cuenta, lo tenía a mi lado, desnudo también, acariciándome. Me resultaba excitante. Tenía algo que me excitaba, que deseaba, que me gritaba. Cuando empezó el baile del amor, me dejé llevar. Fue místico, diferente, maravilloso. Experimenté cosas que jamás había experimentado, y ni la tripa de seis meses me impidió disfrutar cada segundo. Pero en un momento de placer, noté cómo algo pinchaba mi cuello. Lo que pasó después fue confuso. 

Vida antes de la muerte III


      Había cambiado mucho; hacía dos años que lo había visto por última vez. Se había dejado crecer una barba ligera que le quedaba muy bien; el pelo que solía llevar muy corto, lo había dejado crecer y lo llevaba muy rizado y brillante. Estaba muy apuesto, y mi corazón dejó de latir por un segundo al verlo. Se abalanzó sobre mí y cerró la puerta tras de sí. Me besó apasionada mente. Su aliento sabía a menta fresca, con un cierto regusto a tabaco de mascar. Me empujó contra la pared y me susurró un “Lo siento” que me derritió el corazón.

      No habló más. Sin dejar de besarme me subió por las escaleras en volandas. Nos dio igual chocar contra todo, tirar libros y casi volcar una mesita del salón. Me llevó a mi cuarto, me tumbó en la cama y tomó de mí todo lo que quiso, porque yo lo dejé. Lo hizo todo muy despacio, sabiendo que era mi primera vez, y que estaba locamente enamorada de él. Me besó por todo el cuerpo, me acarició y me susurró palabras preciosas, que yo como una estúpida me creí. Cuando acabamos, estando sobre su pecho, le pregunté qué había pasado. Me puso un dedo en los labios y me dijo que olvidara todo, que ya  no importaba nada, y yo lo obedecí.
      Nuestro idilio duró varios meses. Yo era feliz, muy feliz. Disfrutábamos el uno del otro, mis padres estaban de acuerdo, los suyos encantados, y sus avances como médico cada vez iban a mejor. Ya había conseguido entrar en una pequeña consulta de su barrio como ayudante. El médico que llevaba la consulta estaba muy mayor, y probablemente acabaría siendo Paolo el sucesor. Todo era maravilloso.
      Al menos lo fue, hasta que en 1901 una carta llegó a casa de Paolo. Habíamos quedado para salir a visitar a mis abuelos, cuando me dijo que tenía que hablar conmigo. El lugar de España en el que había hecho algunas prácticas quería que volviera para trabajar como médico principal durante seis meses. Querían ofrecer becas a alumnos extranjeros, y tenerlos trabajando en su país, y así difundir y absorber los avances médicos que se habían conseguido por toda Europa. Paolo me prometió que volvería al año, que lo esperara.
      El día de antes de partir, quedamos frente al Panteón de Agripa para dar un paseo, y cuando llegué, se arrodilló a mis pies, sacó una pequeña cajita de la chaqueta, puso un precioso anillo de oro blanco en mi dedo anular y me pidió que me casara con él. Todas las personas que había a nuestro alrededor nos aplaudieron y yo respondí a su pregunta lanzándome a sus brazos. Me dijo que no podríamos casarnos ya, porque tenía que partir a la mañana siguiente, pero que lo esperara, que organizara la boda en su año ausente y que cuando volviera nos casaríamos sin pensarlo. Esa noche mi  casa estaba vacía, así que fue una despedida como correspondía. Pasional, salvaje, pero al mismo tiempo preciosa. Lo sentí más mío que nunca, y más con ese precioso anillo en mi mano.
      Dos meses después de que Paolo marchara, empecé a sentirme muy mal. Vomitaba todas las mañanas, me mareaba con mucha facilidad y mi menstruación llevaba dos meses sin aparecer. Cuando fue al médico, confirmó mis sospechas. Aquella preciosa despedida había dejado un pequeño regalo que tardaría 7 meses más en llegar. No sabía qué hacer. Estaba muy asustada. Mis padres se lo tomarían bien, pero no sé cómo se lo tomará Paolo. Para mí aquello fue precioso, tendríamos un hijo. Me casaría embarazada de 6 meses, y nos podríamos ir a vivir juntos, y seríamos una familia feliz.
      Entre el embarazo, los preparativos de la boda y todo el lío que teníamos, casi ni me di cuenta de que Paolo había vuelto a dejar de contestar a mis cartas. No me percaté de ello hasta que mi madre me preguntó qué me había dicho Paolo. No insistí con las cartas porque quedaban dos semanas para que volviera de España, así esperé que llegara.
      Tenía el vestido, la iglesia, el lugar de celebración, el trajo de Paolo, mi tripa ya era más que evidente. Todo era maravilloso. Esperaba la llegada de Paolo como agua de mayo. Quería, necesitaba verlo ya. Decidí que iría a por él a la estación del tren, quería una bienvenida de las que se leían en las novelas románticas.
      Cuando llegamos mi madre y yo, lo que bajó del tren no fue precisamente un final feliz.

Vida antes de la muerte II

     Un joven de 24 años, soltero, apuesto y alumno de mi padre. Para suplir los gastos que ocasionaban mis abuelos maternos, mi madre trabaja más horas fuera de casa, y mi padre tenía que impartir clases particulares a chicos de su universidad. Eran varios los jóvenes que pasaban todos los días por casa, pero yo sólo tenía ojos para Paolo. Se estaba formando en el ámbito de la medicina, y su aspiración era llegar a ser un gran médico de Roma. Pero todas sus buenas notas no servían de nada para viajar, ya que su única lengua era el italiano, y algo de latín. Quería viajar por toda Europa para empaparse del conocimiento de médicos de todo occidente. Por ello, todas las tardes, llegaba a mi casa para practicar español, inglés y el poco alemán que manejaba mi padre.
      Al principio eran los dos solos los que estaban en el salón, pero viendo el nivel que estaba alcanzando yo, mi padre decidió ponernos juntos. Yo no tenía más de 18 años, pero ya adelantaba a Paolo en casi todas las materias que estudiábamos juntos. Además, gracias a estas “clases dobles” mi padre tenía una hora más, después de nosotros, para poder tener a algún alumno más y recaudar más dinero.
      No era más que una mocosa para él. 19 años frente a 24 o al menos eso pensaba yo. Pero los días pasaban y cada vez la confianza era mayor. Pasamos de no hablar nunca, a quedar por las tardes, antes de las clases, para practicar, incluso hasta los domingos acudía a mi casa para ir juntos a dar un paseo por la Roma primaveral de 1896. Algo estaba empezando a nacer dentro de mí. En menos de seis meses ya me resultaba de lo más normal del mundo pasear cogida de su brazo por el barrio del trastevere, incluso llegar a casa con el pelo lleno de flores que Paolo recogía para mí.
      Pero llegó el verano, y con él, una beca que había solicitado a su universidad para viajar por Europa le fue concedida. No éramos más que amigos, aunque ambos quisiéramos ser más, por lo que no tenía potestad para pedirle nada, y mucho menos exigirle. Un 3 de Enero de 1897, Paolo partió a España, no in antes regalarme el primer beso de mi vida, y un bonito camafeo con una fotografía suya en el interior. Me prometió escribir cada semana, enviarme pequeñas postales pintadas a mano de los lugares que visitara, y volver lo antes posible.

      La pena me invadió cuando las cartas de Paolo dejaron de llegar a los pocos meses de partir. En la última carta decía algo de que tendría que quedarse algunos meses más para terminar su formación, incluso quizá empezar algunas prácticas en la ciudad de Madrid.
      Como una niñata estúpida de 20 años que era, esperé que Paolo volviera a escribir. Yo cumplí mi palabra de seguir escribiendo cada semana una carta, pero en las últimas ya dudaba incluso de que la dirección que me había escrito en su última carta, siguiera siendo la correcta. No tenía ojos para nadie más. Muchos más alumnos de mi padre me cortejaron, me llevaron de paseo por el barrio viejo de Roma, y me regalaban preciosas piezas de bisutería, pero yo no quería a nadie más que a mi apuesto Paolo.
      Al año y medio de su última carta, cuando la herida de Paolo estaba empezando a menguar, alguien llamó a mi puerta. Estaba sola en casa, así que bajé las escaleras y cuando abrí la puerta, Paolo estaba en ella. 

Vida antes de la muerte I


      Se podría decir que tuve una vida mortal bastante común. Todo cambió después del abrazo, cuando tu mundo se torna del revés, hasta el punto en el que la persona que más amas acaba aclamando tu muerte.
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      Nací en la bulliciosa ciudad de Roma, allá por el 1877. Mi familia, de clase media, poseía un pequeño piso en el barrio de la Plaza Navona. Recuerdo con añoranza aquel minúsculo piso, lleno de trastos, cacharros, pero sobre todo libros, libros por todos sitios.
      Mi padre era profesor en la Universidad de Roma en matemáticas e idiomas. Su familia había sido una de las más influyentes de Roma en el siglo XIX, y aún lo era, pero no por parte de mi padre, sino de mi tío: ambicioso político barrigudo, que poseía todo lo que ambicionaba, y conseguía todo lo que se proponía.  Mi madre, mucho más humilde, era pintora de la calle. Todos los días bajaba a la plaza, al panteón, incluso hasta el coliseo, con intención de pintar a ricas familias que quería un recuerdo de la ciudad, o a personas menos pudientes que sólo buscaban una vista de los monumentos más famosos de la ciudad. El negocio cada vez iba a menos, ya que la cámara fotográfica estaba empezando a aparecer y a ganar importancia, por lo que los ingresos disminuían cada dia.
      Valeria, que era como se llamaba mi madre (al igual que yo), no podía compararse a los pintores más importantes  de la ciudad, y hasta pasados los 25 no comprendí por qué. Su firma no valía lo mismo que  los de otros pintores más influyentes. Sus cuadros podían ser mejores, más bonitos o de más calidad, pero su nombre no era conocido. Por eso nunca llegó a ser la pintora que ella deseaba.
      Aunque mi padre, Lucio, siempre ganó bastante dinero, los impuestos de la época, y tener que mantener a mis abuelos maternos (muy jóvenes para morir, pero bastante machacados como para seguir trabajando), hacía que llegáramos bastante justitos a final de mes. Es por eso por lo que jamás llegué a asistir a una escuela como tal. Pero ¿quién necesitaba ir a la escuela teniendo unos padres como los míos?
      Aprendí a escribir y leer con mi padre. Geometría, trigonometría, y cuentas básicas también llegó de la mano de mi padre, y el lado artístico, estéticos, e incluso doméstico, lo saqué de mi madre.
      Todo era bastante normal hasta que Paolo entró en mi vida.